CAPÍTULO 3: "Aspectul"
Ella caminó sin rumbo, descendiendo por las calles áridas de la ciudad Kamakura. El rocío caía suavemente sobre su cabello rojizo, frío y depresivo como el rostro de dicha mujer. Su vista triste se clavó en la nada mientras se dirigió a un punto perdido en un pueblo que no le ofrecía hogar. Creyó para ese momento, que tendría que vivir como vagabunda de ahí en adelante, sufriendo sin detención la soledad que le confería su raza. Luchó por tragarse sus lágrimas y no padecer tan cruelmente lo que le esperaba en su vida a la sazón, pero costaba tanto..., y sus gimoteos se escapaban intrépidamente por su garganta. Respiró profundo para calmar la histeria de sus pulmones tensos, llenos del humo de las armas que habían tratado de matarla cuando las tropas del SAT la persiguieron con tenacidad.
- Kouta... -ella susurró, deseando un abrazo de parte de ese hombre. Cuando recordó el beso que le había robado hacía tiempo, tembló y se abrazó a sí misma, cerrando con fuerza los ojos.
Sus piernas languidecieron de pronto y ella cayó al piso de rodillas. Bajó la cabeza hasta apoyarla sobre el pavimento y llorar otra vez, apretando los dientes en su desesperación e intolerancia; si su dolor llegaba a prolongarse, no podría resistir más...
- ¡¡Kouta!! -gritó a los cielos, y volvió a bajar la frente, sujetándose las sienes-. ¡¡Dios!! ¡¡¿Por qué me haces esto, por qué?!! ¡¡¿Qué te he hecho...?!!
Su voz perdía bríos entretanto quería manifestar su suplicio. La furia y la amargura se polimerizaban en un caos interno que despedazaba su alma, y su espíritu tendía a convertirse en jirones a causa del tormento que le era inherente. Fue en eso que un trueno quebró los nirvanas y destellos relampagueantes anunciaron una tempestad próxima sobre la isla. Lucy alzó la mirada a los nubarrones entonces; sabía que debía encontrar un refugio pronto, y eso más la atosigó de pesar, en especial cuando oyó las risitas de unos niños que corrían de vuelta a sus hogares a unos metros de ella. Pletóricos de alegría, exultantes, saltoteaban bromeando y ostentando su felicidad cotidiana, cuando aquella doncella no hacía más que hundirse en la miseria de su vivir. Tal princesa los miró desde lejos y lloró deseando estar en sus lugares al menos por unos segundos, mas sabía que no había manera de cambiar su realidad, ya que era un monstruo, y los monstruos no eran felices...
Bajó la cabeza, ocultándose sus ojos en el abatimiento, y quiso digerir que estaba condenada para siempre, y que jamás podría reír de nuevo, pero que debía ser cuestión de destino que ella fuera la persona más herida de todo el mundo; nadie nunca conocería el verdadero significado del dolor, sino ella.
***
Buscó un amparo en la oscuridad de un callejón sin salida. Ya había comenzado a llover, y su cuerpo tiritaba automáticamente por acción del frío; sus labios violetas lo exponían. Y sus lágrimas ya se confundían con las gotas de lluvia que desfilaban por su rostro hasta caer de su barbilla raspada. Apoyada contra una pared fría y húmeda, trató de dormirse, pero sin lograrlo sino hasta que la tormenta se serenara un poco. Después de tres horas de congelarse bajo la lluvia, dejó de sentir su cuerpo y pudo relajarse una pizca, y antes de ingresar en la Tierra de los Sueños, una triste oración escapó sigilosa por sus labios demacrados:
- Dios..., no me despiertes... nunca.
Y así sería; Dios no tendría la osadía de contrariarla, sino un enviado del Cielo.
***
Una quimera fueron los recuerdos todos acumulados en su mente traumatizada. Un golpe tras otro mientras soñó que su perrito era inhumanamente asesinado otra vez frente a sus ojos; mientras volvió a ver en su ensueño, cómo su mejor amiga, única amiga, era atravesada por el balazo que debía matarla a ella por las tropas dirigidas por el hijo del tirano Kakuzawa. Consecuentemente, trepidó en el mundo real, y gimió al borde de despertar de la angustia, pero sólo se retorció en el lugar y fue aplastada por los fulgores negros de sus pesadillas una y otra vez hasta que amaneció un día gris y ventoso. Su ropa mojada empeoraba la tortura del frío que la rodeaba, y así fue inevitable que volviera a la dimensión donde no hacía más que desear la muerte.
La sorpresa se la llevó en ese momento, cuando al abrir los ojos vio la imagen difusa de un hombre de su edad, quizás un año mayor, que miraba hacia la salida del callejón; su silueta delimitada por la luz de las calles del exterior le hicieron notar que tenía las manos en los bolsillos y que era delgado, de cabello lacio casi hasta los hombros, y que un par de puntas le salían de la cabeza... Sin entender lo que veía, y un poco desconfiando, sintiendo que tal vez necesitaría emplear sus vectores al menos para alejarlo, Lucy se incorporó un poco, parpadeando adolorida a causa de la contractura de su cuerpo helado. Antes de decir nada, gimió en su ramalazo y frunció el ceño en busca de esclarecer la imagen frente a sí. Inmediatamente, al oírla gemir, el joven se volteó un poco y la miró despertarse.
- ¿Q-qui-quién... eres...? -ella preguntó aún sin verlo del todo bien.
Él se acercó a la diclonius, con pasos lentos, mas inofensivos absolutamente, y aquélla no supo realmente, en respuesta, si pegarse a la pared a su espalda o dejarlo aproximarse más, ya que su aura le era tan amena, que creyó estar en presencia de alguien bueno a parte de Kouta y compañía.
Estupefacta, Lucy entonces contempló que ese muchacho no sólo tenía cabello azul, tan fuera de lo normal como el suyo rojizo, sino que llevaba cuernos en la cabeza...; cuernos igual a los que ella había tenido, aunque un poco más puntiagudos. Sus ojos rojos se abrieron sin poder creer ese panorama; ¿estaría soñando todavía? La contestación a esa pregunta la recibió cuando él se encuclilló delante de ella y la miró con una sonrisita, como si también quisiera revisar el estado de su rostro lacerado.
- ¡T-tú...! -Lucy empezó, siendo interrumpida por su propia fascinación.
- ¿Cómo te sientes? ¿Estás mejor? -el inquirió con una voz angelical, pura y pacífica como la de nadie en todo el mundo.
- ¿Q-qué...?
Él apoyó su mano en la frente de la mujer, y levantó las cejas mientras sintió la temperatura de la abandonada damisela, quien se fijó hondamente en sus brillantes ojos celestes.
- Mmm... Tu fiebre está bajando. Bien. ¿Estás bien consciente?
Ella no podía hablar con facilidad; embelesada en la belleza de ese joven y en su cariño espontáneo, podía jurar que estaba frente a un ángel. Y así también se percató de la manta que la cubría hasta las rodillas; estaba un poco húmeda, pero no había llegado ahí por accidente, y demostraba una señal de afecto que no podría ignorar jamás. Tras observarla por unos instantes y meditar, le preguntó con un tono de inocencia que dejó al descubierto su lado más tierno:
- ¿Tú... me diste esto...?
- Estabas temblando anoche; si no hacía algo, te ibas a morir congelada.
Estaba a punto de decirse a sí misma "eso era justamente lo que buscaba; qué pena que arruinaras mis planes", pero ahora todo parecía cambiar al sentir que el mundo pasaba a tener algo de especial... Algo cuyo nombre ella preguntó con los ojos abiertos en su latido de necesidad:
- ¿Quién eres?
- Me llamo Dyllan. Y, ¿tú?
- Ny-... No... "Lucy".
- Lucy. Me gusta. Mucho gusto, Lucy.
- Eres...
- ¿Qué te parece si charlamos después? Aún estás empapada y con frío, ¿no? Déjame ir a buscarte algo de ropa y un buen desayuno, ¿quieres?
Se sintió salvada por la mano de Dios en ese santiamén; no podía ser verdad; era demasiado bueno para ser cierto..., pero él siguió hablando, a pesar de la expresión de desconcierto de la chica.
- No quise irme a buscarte ropa antes porque estabas dormida; quería quedarme aquí para cuando despertaras, pero como ya lo has hecho, tendré que pedirte que me esperes aquí; yo iré a buscar esas cosas y vuelvo enseguida, ¿de acuerdo?
- D-de... De acuerdo...
- Bien -respondió con una sonrisa asintiendo con la cabeza. Se puso de pie nuevamente y salió trotando por el callejón hacia la calle iluminada por la luz gris de un cielo agrio.
- No puede ser... -ella masculló para sus adentros-. Es un... ¿diclonius...? ¿Cómo es posible...? ¿Él...? -Entonces levantó la vista a la salida de la calleja y se quedó admirando la luz que entraba hasta casi tocarla. ¿Debía quedarse a esperar a ese muchacho, o sería mejor salir corriendo antes de caer en la ilusión de un encanto prematuro? Tan necesitada de algo de amor, de pronto sospechó que había encontrado el Edén, pero tras tantas decepciones y desgarros, ¿por qué pensar que ahora todo sería distinto?
Luego de unas cuantas idas y venidas, terminó concluyendo en que quizás sí sería mejor escapar, pero sus pies estaban entumecidos y sus piernas temblaban cuando quería dar un simple paso, así que no tuvo oportunidad de irse. Esperó contra el muro del fondo del callejón, con la cabeza gacha y esperando que Dyllan nunca más apareciese, mas su esperanza era fútil, y él reapareció ante ella, con unas ropas en sus brazos y una cajita de cartón colgando de su hombro. Al acercársele de nuevo, Lucy alzó la vista y quiso llorar al ver que estaba cayendo demasiado en la tentación de un hombre que parecía perfecto, aún más perfecto que Kouta...
- ¡Hola de nuevo! -él le dijo con alegría-. Aquí está la ropa que te mencioné. ¿Te gusta el color negro? No conseguí de otro tono.
La chica asintió con la cabeza y sus ojos se cargaron de lágrimas. Dyllan reparó en ello, por supuesto, y dejó a un lado su gesto de contento, para ponerse serio y decidir arrodillarse ante ella. Puso la cajita a un costado, junto con la ropa, y estiró una mano para posarla en el hombro de la mujer. No supo bien qué decir para consolarla y no desubicarse, pero la verdad fue que ella lo tomó por sorpresa al súbitamente arrodillarse frente a él y abrazarlo con todas sus anémicas fuerzas. Lloró sin timidez, impregnando la chaqueta blanca del hombre con sus lágrimas usuales, y gritó al no soportar el dolor de su corazón. Y no siendo él un insensible entonces, le contestó el abrazo, estrechándola suavemente y respetando su figura venusina.
- Está bien... -le susurró-. Todos hemos pasado por esto...
Lucy levantó un poco la vista y abrió un ojo. ¿"Hemos"? ¿Se refería a los diclonius? Teniendo él un par de cuernos como los que ella solía tener, Dyllan tendría que ser diclonius también..., pero...
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